El retorno de Láquesis

Autor: Ray Caesar

Autor: Ray Caesar

 

EL RETORNO DE LÁQUESIS

Extraños versos se colaron en mi ordenador aquella mañana… Eran obra de mi musa caótica, visceral, primigenia y brutal. Dueña de la desfachatez acompañada de ira homicida, sin control, sin sentido, sin más razón que la del simple impulso de seguir sintiéndose viva.

Perfumada de pólvora, sedienta de lucha y de guerrilla.

Adoradora de las buenas armas y de las mejores estrategias, dueña del miedo con valor.

Sus palabras no siempre riman… Pero no hace falta. Su fuerza es tal que golpea armonías indecibles.

Se presentaba levitando en forma de hoja plateada cuando llegaba el equinoccio de primavera, siempre acompañada de su largo bastón.

La hoja se posó en el suelo de mi estudio y la pequeña felina Nyarla se quedó muy quieta mirándola atentamente. Tras un breve zumbido apareció ella: Láquesis, mi musa más poderosa y traviesa.

Ella vestía de antes y tules negros, sin ostentaciones pero con una gran presencia de sabia antigua, de guerrera en tiempos de paz, de consejera silenciosa.

Observó la habitación y tras unos instantes, saltó grácilmente para sentarse en un lado de mi mesa.

Se dirigió a mí con una terrible expresión desde la oscuridad de su velo negro:

      –  ¿Cómo es que siguen vivas las golondrinas en tu balcón? … Deberías cortarles el cuello.

Le devolví la mirada con una sonrisa… Ya la conozco, pero esta vez había algo diferente en ella, parecía extrañamente distraída y distante.

Hacía ya algún tiempo que notaba un cambio en Láquesis, seguía siendo el mismo ser mordaz y guerrero, pero estaba aburrida, cansada….

Así que me atreví a preguntar y esta fue su respuesta:

 

I

ELEGÍA AL PASADO

 Cubría el polvo y las hojas secas una antigua barricada.

No habría suficientes escudos, ni suficientes espadas.

No serían bastantes los miedos, ni los males, ni todos los puños juntos podrían detener aquella ráfaga de furia enloquecida.

Sería un vendaval,

un ansia infernal,

un miedo roto por la bravura,

un escudo firme por la locura.

En la batalla se mantendría siempre en pie sin apenas inmutarse, sus gritos eran de coraje ensangrentado, de vehemencia infinita y hacían temblar a cualquiera que los oyera, robando el valor al más aguerrido de sus enemigos.

Pero llegó una paz sombría, de papel y de mentiras…

Y cada semilla de verdad que se sembró en aquellas conquistas, debía florecer al augurio de una libertad ganada a medias… en una guerra inacabada.

Jamás olvidaría las armas, solo las guardó para los que vinieran después. Y así, durante uno de los hechizos de Harmonía, las escondió en lo más profundo de sus recónditas guaridas.

Y pasaron algunos inviernos aburridos y el tedio de aquellas mañanas dulces y soleadas acabó por arrojar breves briznas de locura en su interior, de manera imperceptible y muy lentamente, aquella lucidez guerrera acabó atrofiándose y perdiendo la capacidad de vivir en paz desde aquella supuesta sensatez.

La única escapatoria era transformarse…. Adaptarse, reinventarse… Para morir y finalmente renacer en algo nuevo.

 

Su gesto era ahora una simple pose, sabía que estaba tratando de disimular la emoción de aquel momento y siguió recitando:

II

FUERA DE LUGAR

Es, como un lobo enjaulado.

Como un tigre sin selva.

Como un águila sin cielo.

Como un oso sin cueva.

Reconozco la sensación,  me río y ella también… Sentirte presente y al mismo tiempo siempre fuera de lugar, la desazón de no saber nunca si estás donde debes estar porque el destino acaba decidiendo por nosotros demasiadas variables.

 No quería interrumpirla así que tras algunas carcajadas a dúo, guardé silencio y Láquesis prosiguió:

III

TESIS SURREALISTA

Hoy podría ser otro día, pero no lo es, ha vuelto a amanecer por la mañana… ¡Seguro que esta noche el sol huirá como un cobarde detrás del horizonte!…  Y volverá la oscuridad.

La luna esgrime su repetitiva sonrisa burlesca, se ríe de todos nosotros… ¡Maldita bastarda!,  que fácil resulta reír desde allí arriba. ¡A ver cuando bajas y podemos medirnos cara a cara!

Resulta todo tan desesperadamente  igual, siempre la misma canción…

Los verdes primaverales,

los azules del cielo,

la mar salada y el río dulce,

las estrellas en el firmamento,

y los demonios en el averno.

 

Cada gota de monotonía infinita resulta insoportable.

 

Quiero mariposas que aúllen.

Noches con soles.

Mares de colores.

Y árboles que bailen.

 

Busquemos la fórmula, la química, la física, la magia, la alquimia… Hasta dar con la manera, para parar este hastío de realidad….

Y que las rosas puedan oler a estrellas,

y  las raíces acaricien a la luna de día.

 

 

Menuda canallada, pensé, ahora Láquesis se ha vuelto surrealista, pero seguí escuchando con atención. Sus palabras siempre me habían proporcionado la sensación de ganar algo más de sabiduría:

 

IV

ABSURDO MUSICAL

Hoy, una de las farolas de la calle se ha revelado ante tan magna sintonía repetitiva y se ha puesto a cantar “On the street where you live”  del musical “My fair lady”:

“I have often walked

Down this street before

But the pavement always stayed

Beneath my feet before”

Mejor ha sido cuando le ha contestado el contenedor de cartón, que está hecho todo un barítono.

En realidad no me he sorprendido, era cuestión de tiempo que acabara pasando algo así y  me he sentado en la acera a ver el espectáculo… El resto de viandantes parece no percatarse del asunto, están actuando solo para mí.

Finalmente se les han unido una motocicleta abandonada y un par de ratas de alcantarilla. El resto de farolas hacen los coros y varias ventanas tararean.

¡Dios, suenan genial!  Y eso que no soy muy amiga de los musicales.

 

Sí, definitivamente Láquesis ha abrazado el surrealismo, supongo que como consecuencia del  síndrome de abstinencia  por la falta de unas buenas barricadas.

Cuando terminó con la breve historia del musical, explicó que hacía poco que había estado en varios de museos, en uno de ellos se había topado con un bodegón de Juan de Espinosa y había hecho una de las suyas:

V

EL BODEGÓN

Era un bodegón más, con su jarra de vino, sus frutas y un par de piezas de caza menor. Pintado con trazos intensos, colores vivos y fondo oscuro.

Me contó que aquello le parecía un mal esperpento así que decidió usar sus poderes para, con un simple sortilegio, poder cambiarlo a su gusto.

La jarra de barro, tomó forma de botella de vidrio con una vieja y desgastada etiqueta de cerveza barata, de su interior se había esfumado el vino joven que contenía y ahora era gasolina robada de un coche desahuciado. Un trozo de camiseta mal cortada a modo de mecha era la guinda para aquella transubstanciación.

Le siguieron las piezas de caza… Ahora eran barras de hierro, las frutas… Se vistieron de adoquines…. Y el impoluto mantel blanco con encajes: una palestina sucia.

- Ahora sí –  afirmó con severidad mi musa. – Ahora todo está en orden.

Tras un intenso suspiro, observo como mi musa cierra los ojos y me regala más palabras:

VI

JARDINES ABURRIDOS

 

A las orillas de un río putrefacto,

había un breve prado cualquiera,

en una ciudad ahogada de asfalto,

de desidia , de olvido y quimera.

 

Un verde cultivado,

de lluvias programadas,

con arterias de goma,

y plantas diseñadas.

 

Era una mañana azul cuando una de las flores, ya aburrida de ser el sujeto pasivo de un aspersor funcionario, se propuso cambiar su aroma:

  – Creo que prefiero oler a un buen cohíbas, tal vez a pintura acrílica, o mejor: a gasolina.

Pensó, que el perfume que deja atrás la munición de un buen subfusil de asalto cuando dispara sería también adecuado.

Cerca, un arbusto al que habían peinado cilíndricamente se unió a la propuesta de la pequeña flor…  Y si en lugar de esta absurda forma le dejaran crecer, podría, quién sabe… Tener forma cuervo, o de pulpo, o de araña. Hay tantas opciones, pero ser un cilindro… Aquello era tediosamente aburrido.

Decidieron revelarse juntos y huir, a los pocos días aparecieron degollados por la poda de unos jardineros municipales… Amores imposibles.

 

Y tras dejarme aquella extraña historia de amor vegetal, sus ojos se encendieron como antorchas infernales, el gesto de su rostro desencajado acompañaba una sonrisa burlesca y malévola, que concluyó con la siguiente sentencia:

     – Necesitamos hachas afiladas y picos puntiagudos, hay demasiado asfalto en esta ciudad…

Poco después me sentí desfallecer, para finalmente ser consciente de que Láquesis me había hipnotizado. Las consecuencias del extraño trance que me abarcó las horas siguientes, dieron para vivir una extraña aventura que trataré de describirles en un próximo relato.

Bolangera de Mar.

 

 

 

 

 

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