Los orígenes de Nyarla

H.P.Lovecraft_with_cat

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LOS ORÍGENES DE NYARLA

A aquel atardecer le acompañaba algo raro en el viento, demasiado electrizante para ser normal. El cielo se había vestido de un azul grisáceo que, junto con la intensa luz que nos acompaña siempre en Valencia, acentuaba una dicotomía especialmente insana, como una tenebrosa y oscura tumba adornada con luces de colores luminosos.
Por fin, tras unos minutos de puesta de sol, se fue lo que quedaba del día y llegó el momento elegido para entrar en la última de las joyas en ruinas con las que me había topado. Era un martes cualquiera… Todo tranquilo.

La encontré por casualidad de visita a uno de mis clientes, cerca de la estación de metro de “Empalme”, junto a la salida de Burjassot-Paterna, justo al lado de una solitaria rotonda rodeada del más terrible olvido. El cuadro era especialmente tétrico: aquella majestuosa construcción entre tantos escombros y de fondo todo aquel enjambre de cables del tranvía, adornando un polígono sucio y maloliente.

Era una elegante y antigua mansión que aún conservaba dos torretas y varios frisos, una entrada con columnas cinceladas de motivos florales típicos del modernismo valenciano.
En sus muros raídos, algunos grafitis de un tal “Tornado” y torpes pintadas de spray adolescente ensuciaban su nobleza.

Se componía de tres estructuras anexas. La principal, con tres alturas y una hermosa torre que superaba en altura a todo el caserón. A su izquierda, un ala de dos pisos que contaba con varias salidas de chimeneas y una segunda torre especialmente fina, su forma era la de una aguja que pinchaba el cielo estrellado. Finalmente, a la derecha, un ala alargada de una sola altura. Tenía dos patios laterales y aún podía apreciarse el lacado rojizo de su techado, quebrado por el paso del tiempo.

Parecía que era bastante seguro entrar, me repetía a mí misma una y otra vez, tratando de acumular valor. Ya no era la niña inconsciente que saltaba y hacía malabares entre las vigas de los edificios más remotos, empezaba a experimentar el miedo… Tal vez por la sabiduría y la precaución que se supone te da la edad.
Estaba ansiosa, excitada, me moría de ganas de entrar… Tomé aire y seguí el ritual: móvil cargado y funcionando, frontal con pilas nuevas (y algunas más de repuesto). En mi mochila la cámara de fotos, más cuerdas y el cuchillo de caza del abuelo tan bien enfundado como afilado, por si las moscas… El uniforme listo: los guantes para “rapelar”, botas bien atadas, un par de piezas de gruesa lona precintando los brazos, pelo recogido y mi cuerda preferida. Esperé a que se fueran un par de yonkis que merodeaban el edificio mientras apuraba un cigarro, acompañado del eterno pensamiento de dejar de fumar de una vez por todas… Ya tenía fichados a aquellos dos pobres diablos de verles otros días en mi labor de inspección previa del lugar pero, afortunadamente para mí, las puertas y ventanas del primer piso estaban muy bien tapiadas y, como si fueran zombis, ni se molestaron en tratar de saltar, se fueron tras darle un par de vueltas a la casa.

Por fin era mi momento… Enrollo la cuerda con mimo pero con decisión, a modo de gancho un viejo piolet reconvertido, lanzo con fuerza y… ¡bingo, a la primera! Había decidido entrar por una de las ventanas laterales, la única que no estaba protegida por una verja a la altura del muro que unía uno de los patios con la fachada. Era alto pero lo suficientemente ancho para poder andar sobre él hasta alcanzar mi objetivo. La tela de lona enrollada en los brazos junto con mis botas reglamentarias evitaría el obstáculo de los cristales rotos en la parte superior de muro, tanto para treparlo como para caminar sobre él.
Rompí con el piolet el grueso cristal de la ventana para poder entrar, traté de no hacer ruido pero el crujir de los cristales alertó a algunos gatos que empezaron a lanzar extraños maullidos que me sobresaltaron, aquel extraño sonido gatuno había provocado que perdiera el equilibrio de una manera tan tonta como peligrosa. Noté un agudo y punzante dolor en la pierna mientras trataba torpemente de seguir en pie. Apenas pude pensar en las consecuencias de aquel inoportuno resbalón cuando caí dentro del patio lateral de la mansión. Afortunadamente, un montón de hojas secas y algunos cartones húmedos y podridos amortiguaron un golpe que de otro modo habría podido ser fatal.
Por suerte, las consecuencias no fueron tan malas como parecía mientras me abrazaba el vacío de aquella caída, solo un par de moratones y ese dolor de pierna que iba a acompañarme al menos un par de semanitas, pensé abatida. Esa pierna ya no era la de antes, no podía volver a confiarme así, había sido un milagro que no me hubiera hecho más daño.

Me levanté, sobresaltada, dirigiendo mi mirada hacia donde parecían provenir aquellos incesantes y “chirriantes” maullidos. Los gatos parecían muy excitados, se movían entre las sombras de aquella noche de luna nueva como fantasmas felinos. Enfoqué con la frontal hacia lo que parecía un viejo cobertizo del que solo quedaba parte del techo y un par de paredes semiderruidas.
Mi amor incondicional hacia estos seres me impulsó a acercarme para tratar de acariciar alguno, la mayoría huía como buenos gatos desconfiados y esquivos. Entonces apareció una enorme gata gris. Debía haber sido una gata preciosa; aunque ahora estaba en unas condiciones lamentables, se podía apreciar su elegancia y pelaje. Cuando la acaricié descubrí que llevaba un extraño collar puesto, era metálico y extremadamente grueso y pesado para un gato. Lo enfoqué con la frontal, llevaba una placa en la que se podía leer cincelado con total claridad el nombre de Nyarlathotep.
— Joder hay que ser “freak” para ponerle ese nombre a una gata tan bonita…—pensé. Pero mi fetichismo casi enfermizo por H.P Lovecraft me hizo cambiar de opinión al instante…En realidad no era tan mal nombre para un gato.

Aquella gata gris llamada Nyarlathotep ronroneaba dulcemente sobre mis pies mientras se dejaba acariciar. Traté de seguir con mi luz algunos gatos, pero parecían evitarme todos, así que fui en su busca.
Me acerqué al ruinoso cobertizo convencida de que iba a encontrar montones de preciosos gatitos, aunque un tanto alertada por el extraño sonido que emitían.
— Son solo maullidos— me dije a mi misma, tratando de convencerme de que no había nada que temer de aquellos seres. Pero cuando me fui acercando volví a oír aquellos impíos maullidos que sonaban como si se tratara de otros seres y no de gatos…parecían agudos chillidos de ratas.

Finalmente puede enfocar bien y lo vi. Mis pies se quedaron anclados en el suelo, mis piernas temblaban como hojas escuálidas de invierno, pensé que era un efecto óptico, tal vez la falta de luz… Todos aquellos seres gatunos sufrían las deformidades más atroces que habría podido dibujar mi mente, ni el maestro de Providence en sus peores pesadillas podría imaginar semejante orgía de crueles abominaciones.
La mayoría ni siquiera era capaz de moverse, tan solo de reptar agónicamente por aquel suelo lleno de putrefactas heces.

Algunos tenían más extremidades de las que me atreví a contar, otros… no eran más que una masa de carne con pelo, en la que se adivinaban unos ojos y breves bigotes. La mayoría era de color negro y gris, pero qué importaba eso… Aquella cacofonía gatuna se me estaba metiendo en la cabeza como el más molesto y ensordecedor de los sonidos.

Mi corazón empezó a avisarme con fuertes latidos que aquello estaba afectandome demasiado, el retumbar era tan fuerte que parecía que iba a romper mis delgadas costillas, ya había olvidado entrar en la mansión, después de semanas de vigilancia y preparación. Seguí petrificada, casi hipnotizada, era un cuadro tenebrista, una pesadilla gatuna…Una broma de mal gusto de un destino sádico e injusto.

La gata gris seguía ronroneándome a los pies y, tras recuperar el aliento, conseguí volver la mirada para ubicarme dentro de aquel patio. No podía permitirme bajar la guardia, en ese tipo de edificios a veces se cuelan otro tipo de personas con las que no tenía intención de entablar amistad.
Aún no había recuperado el ritmo de mi respiración cuando un fuerte sonido metálico me sobresaltó haciendo que mi mano sacara rápidamente el cuchillo y cogiera con fuerza el puño, recé para mis adentros con la esperanza de no tener que usarlo.

De entre un montón de cartones y vieja ferralla apareció una yonki desdentada. Era un personaje salido de la pluma del mismísimo C. Bukowski, dado el incalculable nivel de repugnancia que emanaba aquel ser que, con voz ronca, se dirigió a mí preguntando:
— ¡Eh! … ¿Ya has conocido a los hijos de Nyarlathotep?… ¡¡Ja, ja,ja!! — y tras dar unos pasos cojeando continuó riendo sentándose sobre un viejo y pulgoso sillón. Varios de aquellos engendros gatunos la rodeaban, emitiendo un tosco sonido que parecía imitar los ronroneos, ella me miró con un desprecio digno de la mayor de las condescendencias.
La observé detenidamente. Aquella tipeja no parecía suponer un peligro: estaba escuálida y débil.

La gata gris seguía sobre mis pies; ahora maullaba con fuerza. Me aliviaba oír un maullido normal, un sonido conocido, familiar, lógico y de esperar en un gato. Al poco se alejó de mí pero sin dejar de mirarme, como tratando de indicarme que la siguiera, maullando cada vez más alto. Y así lo hice, la seguí ante la atenta mirada de la yonki, a la que no perdía de vista por si acaso, entre los cacofónicos maullidos de aquella impía jauría de deformidades gatunas.
— Va a llevarte a ver a la única cría que no le ha salido deforme— me informó—. La tiene apartada para que sus hermanos no se la coman, ya casi lo consiguen una vez, y le costó la cicatriz que lleva en la cara. ¡Salvó el ojo de milagro!— volvió a echarse a reír de manera descontrolada, mientras escupía sin cesar en el suelo de aquel cochambroso patio.
Seguí a la gata hasta unos bidones raídos por el óxido, efectivamente allí estaba: una pequeña gatita gris de rasgados ojos azules, con una gran cicatriz en su cara.
— Llévatela — volvió a hablar aquella mujer, y tosió como si fuera a echar los pulmones por la boca —Ella quiere que te la lleves, por eso te la enseña… Verás, por aquí no pasa mucha gente… ¡¡Llévatela, llévatela!! — empezó a gritar y siguió tosiendo entre los gritos.
Miré fijamente a la gata con el nombre de Nyarlathotep en el collar, parecía que la yonki llevaba razón: su mirada, sus gestos, la manera de acurrucar a su pequeña, cómo la escondía de los demás… Así que la cogí con mucho cuidado. La pequeña empezó a ronronear tímidamente en mis brazos, era un saquito de huesos lleno de pulgas, pero sus ojos eran tan intensos…

Miré a su madre pensando que no podía dejarla allí, así que traté de cogerla también, pero me esquivó con una agilidad gatuna que me hizo recordar lo que yo era: un torpe ser humano, y salió corriendo hacia el infernal cobertizo.
Metí a la pequeña con mucho cuidado en un bolsillo lateral de la mochila. Recogí la cuerda y volví a enrollarla para lanzar de nuevo mi gancho-piolet.
— ¡Eh! Ya te marchas… ¡ja, ja! Haces bien… No debes quedarte por aquí demasiado tiempo, sino Él saldrá a saludarte…¡ja, ja!… y créeme, no te gustará — sentenció la yonki entre toscas risotadas.
No quise darle importancia a aquellas palabras, quería salir de allí lo más rápido posible. A pesar de mi maltrecha pierna, iba a saltar aquella tapia de inmediato y no iba a volver jamás a aquel lugar. Primer lanzamiento, y nada…
— ¡Joder, pero qué torpe!— me reñí a mí misma.
El gancho se había quedado demasiado bajo y cayó acuchillando el viejo muro. El segundo fue perfecto, y respiré aliviada.
Me centré en tensar bien la cuerda, recé para que el gancho estuviera bien cogido; así fue. Subí más rápido de lo que me creía capaz hasta el momento, en cuestión de segundos ya estaba arriba del muro.
— Ya estoy a salvo— susurré—. Ahora, en el peor de los casos, salto al otro lado y como mucho acabo de joderme la pierna, pero la pequeña gatita y yo ya estamos a salvo…

¿A salvo de qué…? Mi instinto se había vuelto loco, como si debiera huir del peor de los males. Mi cabeza no cesaba de racionalizar la situación para tratar de clavar bien el piolet y poder descender por el otro lado sin tener que jugármela, eran más de cuatro metros de caída y ya los había probado una vez con la fortuna de no romperme nada; no iba a tener tanta suerte en una misma noche.
Pero, ¿por qué tanta prisa, después de tantos días de preparación? Aquella yonki no suponía un peligro real y lo de aquellos gatos deformes solo era una mala broma del destino, pero algo dentro de mí me gritaba que debía salir de allí.
La gatita, que cuando subíamos la pared se asomaba con curiosidad desde el bolsillo lateral de mi vieja mochila, ahora estaba totalmente acurrucada y yo cardíaca mientras oía las risotadas histéricas de aquella desgraciada, acompañando los insanos maullidos de aquellos desafortunados seres.
Me temblaban las manos, noté sudor en la espalda…
— ¡Mierda!— grité para mis adentros—. Es sugestión, pura y simple sugestión, el nombre de la gata gris, la yonki, la camada de gatos deformes…Solo es sugestión, vas a salir de aquí como has salido de otros sitios mucho más complicados…— Seguí tratando de convencerme a mí misma.
Ahora sí, el gancho-piolet estaba bien sujeto e iba a “rapelar” hasta suelo firme y seguro. Cuando mi cuerpo ya estaba suspendido con la cuerda entre mis manos, eché una última mirada a la puerta del cobertizo…
— ¿Pero qué coño es eso…?— exclamé, como si alguien fuera a contestarme.

No puedo asegurar qué fue exactamente lo que vi, puesto que ante mí aquella insólita noche se presentó una sorprendente figura, indescriptible, oscura, nauseabunda… Una impía amalgama de pelaje gatuno y largos tentáculos azulados… ¿Tal vez aquello que brillaba en el centro era un ojo…?
Y aquel gutural estruendo… ¿era su voz? Mis pobres oídos ya castigados por los intentos de maullidos de aquellos gatos tullidos volvían a ser azotados por los gritos que parecían provenir de aquel ser. La masa de pelos y pulposas extremidades se deslizaba saliendo del cobertizo en el que yo había estado apenas unos minutos antes, entre lodosos chapoteos reptantes en lugar de pasos… Creo que me miró fijamente… con esa especie de ojo que salía de lo alto de aquella entidad maligna.
De repente, una extraña nube de niebla demasiado blanca para ser una simple nube apareció de la nada sobre el cobertizo, y de ésta salió una luz verdosa en forma de rayo punzante irrumpiendo en la noche mientras atravesaba el cielo, y golpeó el suelo de aquel viejo patio, justo frente a aquella criatura, iluminando por un segundo aquella estampa mientras lanzaba un desgarrador e infernal alarido que parecía dirigido a mí.
Solo recuerdo oír un crujido, un dolor intensísimo sobre todo mi cuerpo, acompañado de ese familiar sabor metálico en la boca.

Desperté en el hospital con mi hermano mirándome con cara de preocupación. Me explicaron que el muro había cedido y yo había quedado atrapada debajo de los escombros. Al parecer me habían encontrado al amanecer unos operarios del polígono cercano gracias a los maullidos de una gatita.
— ¡Mi gata! A ver ahora donde está…— Me dio un vuelco el corazón, la había perdido. Mientras el doctor me explicaba que al parecer tenía la pierna rota y había estado inconsciente un par de días yo solo podía pensar en aquellos ojos azules gatunos.
Mi hermano interrumpió al doctor dirigiéndose a mí:
— Tranquila hermana, que te conozco. Tu amiga gatuna está en mi casa esperando a que la recojas en cuanto te recuperes. Es una gatita buenísima, seguro que os lleváis bien. Los operarios que te encontraron estuvieron cuidando de ella y la trajeron al hospital— a continuación me guiñó el ojo izquierdo, como hacemos siempre.
No dije ni una palabra de lo que había pasado en realidad… O de lo que creí ver… ¿Acaso Lovecraft también había visto alguna de estas entidades? ¿Y, como él, otros que también las han descrito? Puede que sean reales…, pero no me arriesgaré a comprobarlo. Nunca más pasaré por ese polígono, jamás cogeré el tranvía en dirección Paterna y, por supuesto, nunca contaré nada de lo que vi aquella noche.
Mi plan ahora es simple: Acabar de recuperarme de mi pierna aún escayolada tranquilamente en mi pequeño apartamento, junto con mi nueva compañera de piso, la pequeña gata a la que finalmente bauticé como Nyarla.
Aunque, de vez en cuando, aún me viene a la memoria. Por mucho que trate de olvidar, regresa a mi mente aquel destello verde surgido de la inmensidad del cielo en la noche cerrada… Aquel extraño ser… Esos sonidos indescriptiblemente impíos… El hedor nauseabundo…
¿Y si no fuera una alucinación? ¿Y si fuera real? ¡Dios mío, aquello sigue allí! ¡Y está vivo!

Bolangera.

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